Siempre, toda mi vida quise que me valoren por lo que había en mi cabeza y no por lo que flotaba al rededor de ella. No me interesa mucho que te guste lo que tengo o lo que hago. Pero muy pocas personas ven lo que pienso, la pureza de mi mente, mi autenticidad, la escencia, todo lo que me resta modestidad. Y ahora de repente parece que no son tan pocas…
Y escribiendo estas líneas en este cuaderno que no es más que un teclado algo gastado gané más de lo que me merecía, me dieron tal vez más méritos de los que me proponía. Pero yo siempre queriendo más, se convirtió en esa sana adicción que no hace más que aliviar mis heridas. Los halagos me rebalsan la cabeza, es la perfección que no imaginaba.
No pasa por mis bienes materiales, ni por moda, ni mi figura sino por algo que no se va junto con la juventud. Aunque tal vez esto sea solo una excusa para mantener conmigo tal cual soy, y no sentirme tan superficial…
Pero no me importan las contraindicaciones, al menos no le importan hoy a mi buen humor. Ya estoy vendiendo estas palabras por la sonrisa que me generan solo de escribir un par de pavadas. El papel es más paciente, me contó Ana alguna vez. Dura más que una guerra, mantiene intacta la paz que Hitler no se puede llevar.

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