introducing me

Yo no he decidido que los domingos sean melancólicos y que no me guste el verano, yo no he decidido ser una chica de invierno que busca y da abrazos siempre que puede.
No puedo dejar de ser extraña, de ir a contracorriente, de perderme entre cualquier atisbo de sonrisa.
Y lo siento pero hoy no puedo aguantar las ganas de llorar.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Ahora vuelvo a escribir a pesar de mi negación y de no querer hacerlo. Pero necesito sacar dolor por algún lado.
Mis hormonas no ayudaban, mi mamá y su humor tampoco. Todo salió mal. En realidad, todo salió peor. Llegué tarde. Mientras iba en ese coche descuidado la radio empezó a hacer sonar una de esas canciones que me hacen maldecir a la casualidad.
Los recuerdos, el dolor, el presente, la felicidad, lo que podrá pasar, se mezclaba todo adentro mío y no distinguía qué era qué, solo esa música que siempre me dio miedo y que incluso ahora acá sentada me hace voltear la cabeza y mirar hacia atrás.
Una de esas canciones largas, duró casi todo el trayecto. Mis amigas no podían sacarme de mi ensismamiento.
Al fin empezaron a sonar otras canciones, más alegres, más ritmos, menos recuerdos, menos sentidos. Bajé del auto con la sensación de que era la última vez que llegaba a ese lugar.
Miré alrededor. Increíble una vez más. Decoración, atestado de gente, todo super organizado, música, luces por doquier. Me gustaba más cuando solo estábamos él y yo.
Entré, lo ví (estaba hermoso otra vez), lo saludé, no pudimos hablar mucho como yo ya había imaginado. Recaí en el alcohol una vez más. Nuestra bebida preferida no tardó en escasear. Antes no faltaba. ¡Cómo extrañaba la otra línea temporal!
Cuando pasaba por su lado, tocaba su cintura, su espalda, le sonreía, no demasiado. No quería estar con él y arruinar todo llorando.
La gente criticaba, no estaban ahí con el mismo propósito que yo. Eso me molestó un poco, generé más de una discusión.
Bailé, copié a quienes estaban a mi alrededor. Miraba el reloj cada minuto, con la esperanza de que los números fueran para atrás. Pero igual se hizo tarde. Ahora cada respiro iba en cuenta regresiva.
Un nuevo amanecer, pero esta vez no estaba sentado al lado mío como yo hubiera querido. Tenía que aceptarlo, mis pies debían moverse de ese lugar. Fue duro y fácil a la vez, llegar hasta donde estaba. Tenía ganas de hacerlo, pero no me gustaba el motivo. Derecha, izquierda, derecha otra vez. No tomó mucho tiempo. Le sonreí y sin decir nada lo abracé. Me separaba, trataba de sacar una foto de su sonrisa en mi memoria, miraba sus ojos, y no podía irme, lo volvía a abrazar. “Suerte, te voy a extrañar”, nada alcanzaba, así que dejé de hablar. Tomó mis dos manos, y me sonrío. Entendí que entendías lo que yo balbuceaba sin mucho sentido. Pero después vos me abrazaste con un poco menos de melancolía y me dijiste que aún no te ibas, que tenías que ir a mi casa todavía. Me sorprendiste diciéndome que tenía unas semanas más de vida, mi bypass siguió funcionando, respiré fuerte para que la información llegue al cerebro y sonreí aliviada. Todavía está acá, todavía responde a mis mensajes, todavía respiro, todavía lo tengo, todavía no se va. Todavía.

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