Se hace algo difícil, más allá de la diversión, hacer cosas que no están bien y mentir luego a mis papás. Es algo extraño dejar a mis amigas de la infancia a un lado y bienvenir a las malas juntas que me logran atrapar sin un mínimo esfuerzo de mi parte por escapar. Y por las noches, mi conciencia no está del todo bien, pero aún así no le doy tanta importancia, solo quiero dormir.
Es gratificante la adrenalina de ir a los lugares que de chiquita no quería pisar, tomar demasiado, incluso hasta fumar. Pero al otro día, siento que la sobredosis de adrenalina me hace un poco mal.
A un momento estoy con mis amigas mirando una película y pidiendo helado como siempre me gustó hacer; pero al siguiente estoy riendo con otras chicas, cayendo al piso porque mis tacos altos a las cuatro de la mañana ya no me pueden sostener. Y los lunes, al llegar a la escuela, mis compañeros critican a todas esas chicas que hacen las cosas mal; yo me sumo a las críticas porque eso es lo que me dice mi razón. Allí no hay alguien que ría más que yo; y en casa mi humor es imposible de aguantar.
La peor parte es cuando estoy sola y me doy cuenta como todo se está mezclando, como estoy yendo de un lado para otro, sin llegar a ningún lugar.

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